lunes, 29 de abril de 2013

No estarás tan solo



No estarás tan solo
Me encontraba en una ocasión en la estación Juárez, esperando el tren eléctrico, eran alrededor de las diez y media de la noche, a esa hora los corredores de espera están casi vacíos.
Había sido una jornada larga, pues me tocó doblar turno en el almacén para cubrir un compañero incapacitado. Me sentía muy cansado y el sueño era insoportable; me senté en una de las bancas de espera, el tren no pasaba, los corredores desiertos y un silencio que me empezó a incomodar envolvió el ambiente, en un impulso instintivo miré a los alrededores, nadie.
Después mis parpados comenzaron a pesar y el sueño me venció.
No supe cuanto tiempo pasó, pero cuando recobré conciencia con un sobresalto, recorrí el lugar con la mirada, pero todo seguía así, quieto, perturbadoramente quieto y silencioso; ni siquiera los policías que vigilan las entradas de la estación se encontraban, lo cual me inquietó profundamente, busqué en toda la estación, ni un alma cerca, miré la hora en los relojes que cuelgan en los largos corredores, las tres en punto; recordé los relatos que mencionan las tres de la madrugada como la hora en que los demonios son liberados, un terror me invadió las entrañas, corrí hacia las entradas de la estación solo para encontrarlas cerradas, golpeé las puertas con furor esperanzado a que alguna persona del exterior escuchara y pidiera ayuda, pero nadie acudió, bajé de nuevo las escaleras hacia adentro que daban a los corredores, traté de calmarme y me senté de nuevo en una de las bancas, me enfoqué en mentalizarme de esperar hasta el siguiente día.
-Total lo del reloj es solo una superstición tonta- pensé
-tal vez exageré un poco-
Así estaba inmerso en mis pensamientos de positivismo cuando un sonido me sacó de golpe de mi estado mental. Pareció un lamento femenino, me levanté rápidamente y mis nervios se pusieron a tope, mi corazón latía como máquina aceleradamente; caminé a la orilla del andén que da a las vías y me asomé cautelosamente, nada, solo silencio.
-Debí imaginarlo, me estoy sugestionando- repetía para calmarme.
Cuando se escuchó de nuevo ese alarido de mujer, macabramente más cerca dentro del túnel del tren.
El pánico me asaltó y corrí de nuevo a las escaleras y a las puertas de la estación, golpeé y grité como desquiciado y ese grito desgarrador se escuchó esta vez sobre el andén, y luego detrás de mí. Allí estaba ella mirándome fijamente con sus ojos completamente negros, su piel blanca y descompuesta, y su cabello negro y largo, entonces me tocó.

Cuando quieras puedes quedarte en la estación Juárez después de las tres de la madrugada y conocerla, ella se escapó de la vida aquí cinco años atrás y ahora busca quien la acompañe toda la eternidad, si la oyes gritando no te asustes, espérala, no estarás tan solo, ahora somos muchos…

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